Crónica Transiberiana. Inolvidable experiencia.


Este es el tren con el que durante más de dos días recorreremos los 2819km que separan Moscou de Novosibirsk, en plena Siberia central.


25 de Agosto de 2011.

Por fin comienza nuestra ruta transiberiana. 
La primera impresión ha sido de película. Después de un rato en la sala de espera de la estación de Yaroslavsky, en Moscou, donde hemos cenado dos salchichas con cerveza rusa y una chocolatina, el panel informativo anuncia la salida de nuestro tren a las 22.55 h en el andén número dos.
La primera misión complicada ha sido encontrar los andenes, hasta que hemos descubierto que están fuera de la estación y algo alejados de ella. 
Al llegar, la imagen ha sido desconcertante. Una masa informe de gentes cargadas con enormes bultos corren de arriba a abajo buscando su vagón para entrar los primeros y así colocar sus pertenencias en un buen lugar.
Noche cerrada. El andén sin luz, flanqueado por policías armados y perros vigilando a la muchedumbre que se mueve frenéticamente, evoca imágenes cinematográficas de éxodo. 
Nuestro vagón, el número uno, de tercera categoría,  es el último, así que caminamos junto a los otros quince curioseando a través de las ventanas. Al llegar, la provonitza comprueba nuestros billetes y pasaportes y por fin pasamos al interior. 
Calor sofocante. No funciona la luz en todo el vagón, que es larguísimo. No se ve casi nada, hasta que aparece un hombre que nos ilumina con algo similar a un farolillo. Como el pasaje del terror del Tibidabo, pero en serio. Krueger nos da la bienvenida con un: Zdrastvuyte! Observamos un largo pasillo de menos de un metro de ancho en el que nos vamos quedando atascados con las mochilas. 
Compartimentos abiertos a ambos lados nos permiten observar como la gente coloca sus enormes equipajes y se van acomodando. 
Seguimos caminando, nuestro compartimento está al final del vagón. 
Curiosa es la variedad de olores al ir atravesando las estancias. Ahora a paté, ahora a mortadela rusa, ahora a vodka, todo el rato a sudor rancio.
Por fin llegamos a nuestro compartimento.
A la izquierda, dos literas perpendiculares al pasillo con una mesa en medio, a la derecha, una litera paralela al pasillo. Seis camas por compartimento. Grandes estanterías sobre las literas permiten que al fin descansemos de nuestras mochilas. 
Parece que nuestros compañeros de viaje van a ser una señora enorme de unos sesenta años que tiene pinta de roncar mucho y dos jóvenes rusos, unos de los cuales parece que habla inglés, algo totalmente inesperado, debe ser el único en el vagón, si no en todo el tren. Eso nos va a ir genial. 
Una de las camas ha quedado libre, al menos de momento, pero puede que suba alguien en alguna estación. 
El tren empieza a moverse rumbo a Siberia central, no podemos ocultar los nervios y la emoción, ¡cuánto tiempo esperando este momento!
Mientras jugamos una partida a la brisca, la provonitza reparte sábanas y toallas.
Hacemos las camas mientras la señora enorme se come unos huevos duros. 
Claudia abre las cremalleras que hay a la altura de las rodillas de su pantalón para quitarles la parte de abajo y hacerlos cortos. La señora, que no deja de abanicarse y limpiarse el sudor del canalillo con un pañuelo, mira de reojo con cara de asombro ¡qué pantalones tan raros!
Voy al lavabo que se encuentra un compartimento más allá del nuestro, pero no voy a describir ni el aspecto ni el olor, y sólo llevamos media hora de viaje, ¿cómo estará pasado mañana?
Subimos a las camas que acabamos de hacer, nos tocan las de arriba, perpendiculares al pasillo. 
Mientras escribo estas líneas, la señora que duerme bajo mi cama ya ha empezado a roncar sin compasión, ¡lo sabía!
Oigo gente que circula por el pasillo en dirección al lavabo o a fumar entre vagones, conversaciones ininteligibles, típica música rusa de ritmo endiablado, vasos que se golpean al brindar y el llanto de algún niño.
Claudia ya duerme. Poco a poco se va haciendo el silencio. 
Son las 00.30 h. Oscuridad por la ventana salvo alguna luz lejana. Ya no tengo calor y no noto el olor a sudor. No tengo sueño, pero creo que el traqueteo del tren me dormirá. Estoy impaciente por ver el paisaje al amanecer a través de la ventana. 


26 de Agosto de 2011.

A las 03.00 h de la madrugada, el tren para en una estación. Medio dormido observo que una chica muy joven y su bebé ocupan la cama libre que se encuentra bajo la de Claudia. 
A las 06.30 h Claudia me toca el brazo y me despierta. Contemplamos el amanecer a través de la ventana. Es maravilloso observar como el sol filtra sus primeros rayos a través de estos árboles de troncos larguísimos que descansan bajo el cielo rojizo.

Sabrina y su madre, Xusha, duermen. Llegaron de madrugada al tren.

La gente empieza a levantarse, cesa el silencio. Regresa la actividad al vagón. Colas para el baño, olor a comida, niños que corren por el pasillo. 
Observamos que nuestras compañeras de abajo ya están desayunando. La madre joven toma una sopa de sobre mientras da el biberón a su bebé, y la señora enorme engulle varias piezas de pollo que desgarra con sus manos sin piedad. 
Nos levantamos y tras visitar el lavabo mugriento, desayunamos galletas con Nutella, un plátano y un zumo. 
La señora siempre nos sonríe cómplicemente, igual que la peque, que se llama Sabrina y es adorable. 
Claudia ha hecho unas flores con papeles de colores y se las ha regalado a las mujeres, que observaban curiosas como las hacía. Les han encantado.

Escribiendo la crónica

Primer acercamiento, haciéndoles una flor.
Empiezo a hablar con Dima, el chico que habla inglés. Se trata de un controlador aéreo uzbeco que tiene treinta y cinco años, a pesar de aparentar unos cuantos más. Ha trabajado quince años en Uzbequistán y ahora va a trabajar a Novosibirsk para estar cerca de su madre que es mayor. Aprovecho que habla inglés y lo someto a un interrogatorio, hablamos de todo, él tampoco para de preguntar.
Tomamos un té. Al final del vagón hay una especie de caldera con un grifo que dispensa agua hirviendo. 
Claudia está leyendo un libro y de tanto en tanto juega con Sabrina, que tiene ocho meses y se lo pasa genial.

 

Cuando miro el reloj descubro que llevo cinco horas hablando con Dima. 
El tren hace una parada y bajamos a estirar las piernas, ahora llovizna ligeramente y se nota más frío. 
La mayoría de la gente que viaja en el tren es oriunda de Siberia central. Trabajan en Moscou o se ganan la vida como pueden y ahora regresan a sus pueblos a llevar dinero y cosas de la ciudad a sus familias. Otros habían ido a visitar a sus familiares que viven en Moscou y regresan porque en unos días se les acaban las vacaciones y los niños empiezan la escuela. Turistas extranjeros no hemos visto ninguno. 
Hora de comer, tocan sopas chinas de sobre, en teoría de pollo y champiñones, que habíamos comprado en Moscou.  


Tras una agradable siesta, la tarde pasa tranquila y entretenida entre conversaciones con Dima y juegos con Sabrina y con Andrei, un crío de tres años que viaja con su madre en el compartimento de al lado. 


Andrei y su compi Fleki
 El tren para treinta minutos y bajamos a respirar aire fresco. El andén está abarrotado de señoras que venden todo tipo de comida a los pasajeros. También se venden ositos de peluche y posters con figuras religiosas en holograma. 



Compro dos helados, uno para Dima y otro para mí. Claudia compra cacahuetes y Dima cerveza. 
Regresamos al vagón. Aparece Mamour, que es el otro compañero de compartimento que ha estado desaparecido todo el día, supongo que debe conocer a alguien en otra estancia. Es uzbeco, igual que Dima, y se dirige a Novosibirsk por primera vez a trabajar en la obra. Su viaje es de seis días en tren. Ha comprado un pescado enorme que ya está cocinado y lo reparte entre todo el compartimento. Hay que pelarlo y retirar algunas espinas. Sabe muy fuerte pero no está mal. Claudia lo prueba pero evita comerlo, la señora enorme que se ha erigido en la matriarca del grupo pregunta por qué, lo que hace que Claudia se lo acabe comiendo.  Ina, que es la grandullona, a pesar de tener una presencia imponente, es una mujer entrañable y generosa, que siempre se muestra atenta con nosotros.



Transcurren las horas y empieza a oscurecer. Hora de cenar. ¡Ésta es la nuestra! Hacemos pà amb tomàquet amb oli d'oliva rus y ponemos jamón ibérico (cortesía de Cansaladeria Ollé del Mercat de la Concepció parada 183 de Barcelona) en un plato. Todos lo miran extrañados, pero cuando lo prueban, ¡Se les hizo la luz! Alucinan con el jamón, ¿y quién no? Y menos mal que no hemos traído un buen riojita, si no, nos hacen llevarlos a España. 

Preparando el pà amb tomàquet y el jamón con Andrei.
Son las 22.30 hora de Moscou, aunque realmente, por donde vamos deben ser una o dos horas más. 
Subimos a las camas. Claudia lee y yo escribo. Reina el silencio, nos entra el sueño, me pongo música y a dormir. 


27 de Agosto de 2011

A las 05.00 h de la madrugada hace un sol radiante, pero en realidad no son las cinco, se pierde un poco la noción del tiempo. Mientras dormíamos hemos atravesado los Urales. 

Nos levantamos los últimos.
Nos aseamos y desayunamos galletas con té. Nos ofrecen pescado, pero es demasiado temprano para eso. Ellos desayunan fuerte.
Aquí todo se comparte.
Mamour ha comprado un móvil Nokia chino falso de contrabando, parece auténtico. 
Sabrina se despierta y ya está sonriendo. 
Por la ventana, bajo un cielo azul sin nubes, observamos llanuras verdes que se alternan con bosques arbolados y de tanto en tanto, algún pequeño pueblo con casas bajas de madera y ventanas pintadas con colores llamativos. 
Dima comenta que en menos de una hora entraremos en Siberia. 


Claudia ha hecho una pulsera con hilos de scoobydoo para Sabrina y ahora está enseñando a Mamour, que aprende rápido y se hace una para él.
Paso horas enseñando español a Dima, que pone mucho interés y tiene mucha facilidad para los idiomas. Habla ruso, uzbeco, francés, inglés y alemán. Y ahora algo de español. Es un gran tipo, verdaderamente buena persona.
Mientras tanto entramos en Siberia. 
El tren hace una parada y bajamos a tomar el aire. Hace frío a pesar del sol. Mamour, se acerca con una chica que le ha preguntado dónde ha comprado su pulsera. Él la remite a Claudia. Se llama Tania, tiene 26 años y se dirige a nosotros en alemán creyendo que todos los europeos lo hablamos. Afortunadamente tenemos a Dima de traductor. Tania, que es ingeniera,  viene de Kazán de un campeonato de atletismo en el que ha representado a la compañía de gas para la que trabaja. Sus jefes, la obligan a entrenar y a  participar en campeonatos para promocionar la empresa si quiere poder ascender. Casualmente es de Barnaul, el lugar al que queríamos dirigirnos desde Novosibirsk y no sabíamos cómo, ¡Qué suerte! Podremos ir con ella, nos comenta que serán cuatro horas en bus.
A partir de ahora, Claudia se convierte en la profesora de flores de papel y pulseras de todo el vagón. Es el centro de atención. Mientras yo converso con Dima, ella es invitada a merendar en varios compartimentos y me va trayendo diferentes exquisiteces rusas para que las deguste. ¡Benditas pulseras! Hasta la provonitza se lleva su flor. 

Tania, Momour, Xusha y Sabrina, felices con sus pulseras.

Detalle para la jefa provonitza


 Anochece pronto, nos quedan siete horas de viaje. Nadie quiere que se acabe. Estamos todos muy apenados porque el viaje ha sido muy especial. Dima, con los ojos húmedos, me confiesa que ha sido una gran decisión comprar ese billete para este tren, que nunca olvidará este viaje. Todos pensamos lo mismo. 
Ha sido mágico el encuentro de personas con historias tan diferentes y haber podido disfrutar y compartir tantos momentos. Sin duda, una de las experiencias más emocionantes y gratificantes de nuestras vidas. 
Nos damos el último y triste buenas noches e intentamos dormir, aunque nadie puede. 


28 de Agosto de 2011.

A las 01.00 de la madrugada, hora de Moscou, aunque aquí son las 04.00 h,  despiertan a los pasajeros porque en una hora llegaremos a Novosibirsk. Preparamos los equipajes y sacamos las chaquetas. El tren llega a su destino. Bajamos y llega el peor momento, cada uno debe seguir su camino.  
Emocionados, cogemos el bus hacia Barnaul. 



Moscou, qué caló!


¿Pero aquí no hacía frío? Tanta chaqueta, ¿pa qué?

Las cosas en Moscou han cambiado mucho en poco tiempo.
Reminiscencias del pasado comunista las encontramos por todas partes, en forma de edificios, bustos, estatuas, estrellas rojas, hoces y martillos, y algún que otro buscavidas disfrazado de Stalin pidiendo dinero por fotografiarte a su lado.
Pero la realidad es muy distinta. Aquí el capitalismo ha irrumpido de forma salvaje. Moda, cochazos, restaurantes de lujo, clubs nocturnos exclusivos, multinacionales, bancos y más bancos, etc.
Si Lenin levantara la cabeza desde su mausoleo en la Plaza Roja, vería, justo delante, uno de los centros comerciales más grandes, caros y lujosos de Moscou, así que de aquella ideología no queda ni el respeto por su gran líder, a quien vemos serigrafiado en camisetas de Mc Lenins, imitando el icono de Mc Donalds.
Moscou es una ciudad de contrastes, aquí los turistas tiran monedas sobre un dibujo en el suelo de la Plaza Roja, en una de esas absurdas tradiciones de pedir deseos, mientras varias ancianas indigentes se pelean por recoger el botín. Patético, que vergüenza.
Mucho, mucho dinero y muchos, muchos pobres: capitalismo en estado puro, sólo que aquí es más chocante. Cómo han cambiado tanto, tan rápido...
Al margen de éstas observaciones, Moscou nos ha parecido una ciudad muy interesante. La oferta cultural y artística es amplia. Hemos visitado el museo de la Gran Guerra Patriótica, dedicado a la contienda contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y el museo de la Cosmonáutica, ambos más que recomendables.
También hemos visto el cadáver momificado de Lenin. Raro, raro, raro. 
En esta etapa del viaje, nuestra dieta ha estado basada en espaguetis con lo que sea. Ésta ciudad es carísima y nos ponemos restricciones, el viaje es muy largo! El hostel está muy bien (Godzilla's hostel), un lujazo comparado con el de San Petersburgo. 
La integridad física de Claudia se ha visto menoscabada por varios incidentes: 
1) Picadura de avispa en la muñeca.
2) Reiteradas picaduras de mosquito sobre la picadura de avispa, produciendo una deformación bestia de la muñeca. Suerte del botiquín!
3) Traumatismo craneal contra una farola por ir mirando un mapa. Casi pérdida de conciencia y chichonazo. 


 Catedral del Cristo Salvador. La original fue destruida por el secularismo stalinista. Stalin planeó reemplazarla por un palacio de soviets, pero no se llevó a cabo, y en su lugar se construyó la piscina más grande del mundo. Más tarde se reconstruyó la catedral.

Preciosas iglesias por todas partes.


Torre del reloj y parte de la muralla del Kremlin.  En el interior del Kremlin encontramos varias catedrales espectaculares, palacios y edificios gubernamentales.








 Caminando por las calles nos topamos continuamente con edificios de la era soviética.




Las matrioskas están por todas partes, nos persiguen!!!


 Santiago Segura vendiendo libros en la calle Arbat y echándose la siesta. 


 La famosa catedral de San Basilio en la Plaza Roja, en vivo es brutal! 


Los compis con los que hemos compartido interminables caminatas, largas charlas y muchas risas desde San Petersburgo. Hoy nos hemos despedido de ellos con mucha pena (Xavi, Koldo y Gotzon). Buena gente. Hasta la vista chicos! Que no os detengan en la aduana por enseñar carnets falsos de estudiante en los museos.  Si os viera el camarada Stalin...



HOY EMPEZAMOS LA RUTA TRANSIBERIANA!!! Primera etapa: Moscou-Novosibirsk (Siberia). Tres días en tren. A ver que nos depara... 


HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!  

CONTINUARÁ...
(no se sabe cuándo)

Ballet en el teatro Mikhailovsky

No podíamos dejar San Petersburgo sin visitar alguno de sus famosos y espectaculares teatros.
Fuimos a ver ballet al gran teatro Mikhailovsky, concretamente la obra "Spartacus". El presupuesto mochilero se ha visto gravemente perjudicado. Nos pusimos nuestras mejores galas, pero aún así desentonamos. No sabéis como se visten los rusos cuando van al teatro.



"Mano de santo": hoy, Sta Xenia de Petersburgo


Puede que ciertas circunstancias como una simple picadura de avispa, un mínimo movimiento terrestre, un choque estelar o la misma percepción visual, desencadenen sensaciones extrañas apodadas mágicas. Creo que estas ilógicas percepciones pueden condicionar las situaciones y hacerlas especiales. 
Una de esas sensaciones especiales, desconozco el motivo, se produjo paseando por las calles de la isla Vasilievsky, al encontrarme con el cementerio Smolensky, el más antiguo de la ciudad, que tiene una parte ortodoxa y una luterana. Fue construido en el siglo XVIII pero durante la era comunista fue cerrado con el objetivo de demolerlo y construir un parque público, no se llevó a cabo por el comienzo de la segunda guerra mundial.

En los alrededores encontramos algunas mujeres con un pañuelo en la cabeza que compran flores y se dirigen hacia la entrada, ésta está formada por arcos de color amarillo pastel con relieves blancos. Mientras los atravesamos, los rayos de sol se filtran entre los árboles y nos deslumbran, pero seguidamente vemos el camino asfaltado que conduce a la primera iglesia, avanzamos por el cementerio siguiendo el camino, la vegetación salvaje ha parasitado las tumbas y las ha mimetizado. 
Los caminos se bifurcan y quedan multiplicados por infinidad de senderos de arena que serpentean entre los altos árboles. Se oyen unos cantos, nos dirigimos a ellos, una larga cola se forma en espera de entrar a la pequeña y humilde iglesia de Sta Xenia de Petersburgo. Algunos le rezan desde la pared exterior apoyándose en sus muros, observamos con sorpresa la verdadera devoción ortodoxa. 

St Xenia of St Petersburg

Sta Xenia de Petersburgo, fue beatificada por su ayuda a los pobres, por haber construido ella misma la iglesia y por su supuesta capacidad clarividente. 

Россия, Санкт-Петербург. Смоленское кладбище. Часовня Святой Блаженной Ксении. Russia, St. Petersburg. Smolensk Cemetery. Chapel of St. Xenia.



                                                                                     Claus  

Más Piter

Seguimos en Piter, como conocen a la ciudad los habitantes de San Petersburgo.

Nazdarobia!!!!!!
Así son las noches en nuestro hostel, con sabor a Vodka. La costumbre es tomarte el chupito y seguidamente un trozo de pan negro y un pepinillo, para matar el sabor del vodka. Pero te queda el del pepinillo ruso que es mucho peor. Así que, ¡otra ronda!

Esta es una ciudad cara para mochileros, así que tiramos de supermercado y cocinamos en el hostel...


Esta es nuestra mejor compra, somos la envidia del hostel, todos miran como hienas nuestras super ensaladas mediterráneas.

Qué gran invento las sopitas rápidas!



...aunque de vez en cuando nos permitimos algún lujo gastronómico. La cadena de comida rápida rusa Tepemok, ofrece blinis (crepes) rellenos. Nosotros cogimos la oferta: 1 blini de jamón dulce y queso + 1 cerveza 0,5l = 150 rublos = 3,5 €.

Caminamos por la ciudad durante horas y horas, y ésta no deja de sorprendernos. Anchas avenidas, preciosas fachadas y cuando menos te lo esperas, al doblar una esquina, la vista queda encantada con la aparición de alguna iglesia de colores hipnóticos y formas extrañas que se nos antojan mágicas y que evocan recuerdos infantiles de cuentos de hadas. 








Mención aparte merecen las estaciones de metro. Fueron construidas en San Petersburgo a partir de 1955 y presentan una decoración dedicada especialmente al pueblo, para que éste pudiera disfrutar de su propio palacio subterráneo, por supuesto salpicadas con todo tipo de iconografía comunista. Es de los metros más profundos del mundo, alcanzado más de 100 metros de profundidad. Su construcción fue muy problemática debido al abundante terreno pantanoso de la ciudad.





Hemos pisado la cubierta y visitado las estancias del gran Acorazado Aurora, un inmenso e impresionante buque de guerra que participó en diversas contiendas, entre ellas ambas guerras mundiales, pero cuya fama reside en el hecho de que su tripulación se unió a los bolcheviques en 1917.



Nunca deja indiferente la contemplación de un submarino soviético que aparece de repente ante nuestros ojos, la imaginación se dispara.