La costa superlativa


Para David y Anna.
Seguís pedaleando con nosotros. 


Después de unas cuantas duras y maravillosas jornadas de pedaleo a través del interior de Tasmania, por fin alcanzamos el deseado litoral.
Nos encontramos al norte de la costa este de la isla, bañada por las frías aguas del Mar de Tasman, en un precioso lugar conocido como Bay of Fires. Deslumbrados por la inmaculada palidez de esta arena que se sumerge suavemente en el luminoso turquesa oceánico, decidimos acampar junto a la playa.




La espectacularidad del lugar aumenta cuando al caminar junto a la orilla, alcanzamos unas inusuales y enormes formaciones rocosas que, cubiertas de rojos líquenes, presentan una estampa verdaderamente peculiar. Toda esta singular confluencia de vistosos colores confiere a esta parte de la costa un aspecto extraordinario.






A pesar de que la meteorología acompaña y extrañamente no sopla el viento ni asoman amenazantes nubarrones por ninguna parte, la temperatura cae al atardecer. De todas formas, un buen fuego es suficiente para poder disfrutar de la cena y del impresionante cielo estrellado, con la sutil banda sonora que compone la relajante e inagotable percusión de las olas que repican casi imperceptibles a unos cuantos metros.


Desde aquí ponemos rumbo sur, pedaleando junto a este formidable y virginal litoral y ansiando descubrir toda la belleza que promete.




Las zonas de acampada gratuitas siguen siendo providenciales, además de estar asentadas en enclaves espectaculares. Esta noche, mientras nos calentamos junto al fuego, recibimos la visita de mamá y bebé zarigüeya, que se encaraman a una rama cercana, a la espera de un despiste para abalanzarse sobre nuestra cena. Es increíble sabernos rodeados de toda esta fauna permanentemente, aunque no podamos bajar la guardia si no queremos quedarnos sin víveres.


Continuamos la ruta hacia el sur, batallando casi siempre contra el muro invisible que cimenta el obstinado y frío viento antártico, que apenas nos da tregua, torturando nuestras piernas y nuestros oídos.


Hemos alcanzado el pueblo de Coles Bay, que se erige a orillas de una preciosa bahía protegida por los Hazards, las imponentes montañas que custodian este enclave, situado junto al Parque Nacional de Freycinet, la verdadera razón de esta parada.



Esta tarde acampamos de nuevo junto al mar, en un lugar magnífico.



Por la noche, zarigüeyas y ualabíes han intentado insistentemente colarse en nuestra tienda atraídos por el olor de nuestra comida, así que entre sustos e intentos fallidos de ahuyentar a las bestias no hemos pegado mucho ojo.
Al amanecer, nos disponemos a adentrarnos a pie en el parque, pero no podemos hacerlo cargados con todo nuestro pesado equipaje. La solución es acercarnos al pueblo y asaltar a una buena mujer que hace footing por la calle, quien nos permite dejar nuestras pertenencias en su casa durante todo el día, hasta que regresemos del trekking.
Poco después empezamos a caminar a través del parque nacional, que ocupa una pequeña península rodeada por todas partes de agua salvo por el istmo que la une con la isla. Caminamos ascendiendo una montaña de granito rojo entusiasmados con todo lo que este lugar ha de mostrarnos. Y al rato, la altura alcanzada nos ofrece una visión sensacional. Desde aquí arriba observamos la perfecta forma semicircular que describe la Wineglass Bay y el hipnótico contraste de colores que conforman la blanca franja arenosa, el eléctrico azul de estas aguas y el apagado verdor de la seca floresta. Todo está celosamente guardado por las vigilantes montañas que se elevan aquí y allá protegiendo esta particular belleza.


Tras unos minutos saboreando este insólito panorama, no podemos esperar para caminar hacia la bahía y poner nuestros pies sobre su arena resplandeciente y recorrer su curvilínea y solitaria silueta. El hechizante color de sus transparentes y gélidas aguas, nos obliga a darnos un fugaz baño. Al poco, un grupo de grandes delfines brincan y exhiben sus ágiles piruetas cerca de la orilla, frente a nosotros. Menudo espectáculo de lugar.



Abandonamos la bahía y caminamos junto a los humedales en dirección a la costa opuesta de esta pequeña península. 


Al alcanzar de nuevo el mar, en la Hazards beach, nos topamos con otra asombrosa playa, esta de arenas rojizas.





A través de un enjuto y seco bosque, regresamos ya hacia el pueblo para recuperar nuestro equipaje y buscar algún lugar donde pasar la noche. 





Aunque lo que ocurre, que ya apenas nos sorprende, es que hemos vuelto a dar con unas personas fantásticas, y al llegar a la casa donde habíamos dejado nuestros bultos, nos ofrecen quedarnos a cenar y a pasar la noche. No hace falta explicar el gusto con el que aceptamos el amable y oportuno ofrecimiento.
Es genial lo bien que sienta una ducha caliente para quitarnos el olor a ahumado después de varios días de acampadas y hogueras. Y qué decir de volver a disfrutar de una buena cama.
Albert y Diana, que es enfermera, son una encantadora pareja que, como casi todas las personas con las que topamos, adoran la cocina y son extremadamente generosas, con todo lo bueno que eso supone. Esta ayuda tan habitual y desinteresada hace que nos sintamos ya muy en deuda con toda esta gente y nos planteemos cómo vamos a pagar tanto como estamos recibiendo.
Lo que está claro es que jamás desaprovecharemos ya la más mínima oportunidad de ayudar a quien podamos.


La mañana amanece lluviosa y parece que hoy todo el día va a estar pasado por agua, así que nos aclaran que podemos quedarnos aquí más tiempo sin ningún problema. Pasar otro día en esta acogedora casa y en tan agradable compañía, nos apetece mucho, por no hablar de lo que están gozando nuestros paladares. Así que eso es lo que hacemos, seguir disfrutando de nuestra suerte.
Un nuevo día y vaya, vuelve a amanecer lluvioso. Parece que el tiempo ha decidido seguir torcido. Quedarnos otra jornada más en Coles Bay estaría más que bien, pero decidimos abandonar este maravilloso lugar y a esta buena gente porque, de lo contrario, corren el riesgo de que nos quedemos aquí para siempre. Cuesta mucho despegarse de estos sitios.
Pasamos prácticamente todo el día refugiándonos del temporal en la biblioteca del pueblo de Swansea. Por suerte, a la hora del cierre, la tormenta amaina y, al poco de volver a pedalear, el cielo nos regala sorprendentemente su aspecto más pacífico y luminoso.
El lugar por el que circulamos ahora es verdaderamente hermoso. Una carretera solitaria flanqueada por verdes y húmedas praderas que el sol hace relucir después de la lluvia, y unos metros más allá, siempre a nuestra izquierda, la  inmensidad del océano.




Y ahora una tranquila playa, y ahora un abrupto acantilado, y ahora otra playa y después más rocosos barrancos y así una y otra vez. Lo único invariable es el verde resplandeciente de la llanura que finalmente se acaba fracturando para convertirse en el bosque donde dormiremos esta noche. Junto a él, desde una tranquila playa, observamos tras las aguas, allá en el horizonte, la escarpada silueta de la península que abandonamos por la mañana.


Las luces se van extinguiendo, así que toca encender un fuego, tarea complicada cuando todo está mojado, pero ya se va notando la experiencia.
Al amanecer y lloviznando nos ponemos en marcha. Hoy alcanzamos el pequeño pueblo de Orford, donde hemos contactado con David, que nos acoge en su bonita casa. Sus dos pasiones son la música y, cómo no, la cocina, así que  la agradable velada discurre entre una deliciosa cena y la música en directo con la que David nos obsequia sentado tras su piano de cola. Maravilloso.


Qué menos que podarle el jardín.



Por la mañana, tomamos un ferry que nos ha de trasladar a la cercana Maria Island, uno de esos lugares que forman ya parte del selecto listado de enclaves verdaderamente especiales y únicos que hemos descubierto a lo largo de los quince meses que dura ya nuestro viaje.
Se trata de una pequeña isla deshabitada que fue utilizada como asentamiento penitenciario hace un par siglos, poco después de la llegada de los ingleses. De ella también extraían caliza para la producción de cemento. Al acercarnos a su costa, empezamos a vislumbrar algunas desgastadas reminiscencias de todo aquello. Observamos viejas ruinas diseminadas y la antigua cementera abandonada, que todavía resiste al tiempo y a las inclemencias meteorológicas. Todo asentado sobre una perfecta alfombra verde.




Poco después de desembarcar, nos topamos con el descomunal esqueleto de una ballena que pereció tras barar en la isla. El tamaño de las vertebras es alucinante. Ojalá algún día tengamos la suerte de poder observar a uno de estos gigantescos animales desde bien cerca. Por supuesto, vivo y brincando.



Este sitio es como una pequeña porción de paraíso que reposa en el océano, algo que de buen seguro no pensaban los presos que cumplieron condena aquí.
La isla es verde, muy verde, formada por bosques y vastas praderas que finalizan dramáticamente en los vertiginosos acantilados que esculpen el espectacular contorno insular.









Aquí no hay gente, pero estamos siempre rodeados por la multitud de canguros que brincan sobre la hierba y por los wombats y ualabíes que corretean por todas partes, además de todo tipo de aves.




Hoy nos disponemos a ascender una montaña de nombre Bishop and Clerk. No es para nada una ascensión difícil, aunque el último tramo, justo antes de alcanzar la cima, se complica un poco.
Al llegar arriba, descubrimos impresionados que esta cumbre no es más que un par de estrechas rocas de dolarita rodeadas por sobrecogedores abismos. Pocas veces hemos sentido un vértigo semejante. Mirar hacia abajo impresiona sobremanera y el viento que nos zarandea al caminar sobre estos pedruscos no invita a pasar mucho rato aquí. Las vistas son indescriptibles.




Pocos minutos después, la súbita aparición de nubes que empiezan a difuminar todo lo que nos envuelve, hacen que el lugar sea aún más asombroso.
Por la tarde, ya de vuelta al lugar donde hemos acampado, nos acercamos a unos increíbles acantilados cercanos de aspecto inaudito. Aquí, la actividad geológica ha recreado su particular obra de arte. Las erosionadas y coloreadas paredes de estos despeñaderos, componen inverosímiles formas y dibujos. Esta isla derrocha magia.






Al amanecer iniciamos temprano una nueva ascensión, en esta ocasión al Mount Maria, el pico más alto de la isla. Si las vistas desde la cima de ayer nos impactaron, lo de hoy no tiene nombre. Hoy los barrancos no asustan, pero pocas veces volveremos a disfrutar de un panorama como éste. Sencillamente sublime.


Decimos adiós a esta isla única y volvemos a pasar la noche en casa de David.
Hoy, una dura etapa de montaña nos traslada a uno de los últimos destinos en Tasmania, el pequeño pueblo costero de Marion Bay, una base perfecta para explorar, por un lado, la Península de Tasman y, por otro, la ciudad más importante de la isla, Hobart.




En Marion Bay nos alojamos en casa de Mark y Elizabeth, la hermana de nuestro amigo Bob, cuya ayuda sigue siendo inestimable.
Estos nuevos anfitriones son realmente maravillosos. Viven en una preciosa y tranquila casa rodeada de mar y campos con sus dos hijas, Isabella y Sophie. Aquí nos sentimos tan bien, que nos quedaremos a pasar nuestra última semana en Australia. Además, ellos están encantados.



Queremos descubrir la Península de Tasman, así que nos preparamos para llevar a cabo un trekking de un par de días, el primero de los cuales disfrutaremos de la compañía de Mark, que nos acompañará hoy durante unas horas hasta alcanzar estos abruptos y vertiginosos acantilados.






Por la noche, última acampada al calor de una buena hoguera y última deliciosa cena improvisada en Tasmania.


Al amanecer nos ponemos en marcha, nos espera una larga caminata. Ascendemos y descendemos colinas continuamente. Por momentos avanzamos entre frondosos bosques húmedos y otras veces caminamos junto al filo del abismo. Estos precipicios son espectaculares, especialmente las enormes rocas que emergen del mar cual altísimos tótems.







De todas formas, hoy no son las alturas lo que más nos está impresionando. Hoy estamos sintiendo miedo por otra razón. En Tasmania hay tres tipos de serpientes, todas muy venenosas. En todo el mes que llevamos aquí, no hemos visto ninguna, pero entre ayer y hoy llevamos ya cinco. Abandonan el bosque umbrío  para calentarse al sol en los despejados márgenes del camino.
Dos se cruzan frente a nosotros a un metro de distancia al sentir la vibración de nuestras pisadas. Nos quedamos perplejos porque no las habíamos visto. Al rato, aparece otra que prefiere quedarse inmóvil y enrollada y no la detectamos hasta pasar casi por encima de ella. Al poco se oculta entre la maleza. No hace mucha gracia caminar así. No podemos apartar la vista del suelo ni un segundo. 


A pesar de la escalofriante presencia de los ponzoñosos ofidios, nuestro último trekking por estas tierras ha estado genial.
Aprovechamos los días en Marion Bay para acercarnos a Hobart, una ciudad tranquila y agradable.




Es impresionante observar la ciudad desde la altura. Desde la cima del Mount Wellington obtenemos esta fantástica panorámica. Un lugar perfecto para abrir un regalo de cumpleaños llegado desde la otra punta del mundo, desde casa.




Pero aquí también nos estamos sintiendo como en casa. Esta gente se desvive por hacernos sentir cómodos.
Elisabeth es una apasionada de la cocina. Nosotros tratamos de acercarles un poco a nuestras cosas, que parece que les entusiasman.
Aquí estamos preparando un pà amb tomàquet bajo la atenta y desconcertada mirada de Elizabeth y Sophie, que se preguntan para qué se frota un tomate sobre una rebanada de pan, sin saber que están a punto de descubrir uno de los placeres culinarios más simples y sabrosos de nuestra gastronomía y del mundo entero, sin duda.


Esta increíble familia prepara una fiesta para celebrar el aniversario de Claudia. Nosotros preparamos unas cuantas spanish tapas.




En esta casa todo está buenísimo, pero la especialidad son los pasteles. Tenemos deliciosos pasteles caseros todos los días. Pero la tarta de cumpleaños es brutal.


Hoy, un amigo de la familia nos ha invitado a todos a salir de pesca con su barco, así que ahí vamos, caña en mano a ver lo que capturamos. Y parece que pican bastante, especialmente algo parecido a nuestros lenguados.



Cuando llevamos ya unas cuantas horas de zarandeo en alta mar, Isabella grita: ¡ballenaaas!
Pensábamos que ya lo teníamos todo visto en Tasmania, y resulta que lo mejor esperaba para mostrarse el último día.
El barco pone rumbo hacia dos manchas negras que chapotean en la distancia levantando mucha agua. A medida que nos acercamos, empezamos a identificar dos enormes colas que emergen y se sumergen. La emoción nos empieza a embargar. Esto es increíble.


Súbitamente, dos descomunales cetáceos empiezan a acercarse a nuestra embarcación, y cuando nos queremos dar cuenta los tenemos a escasos cuatro o cinco metros.
Ahora podemos observarlos en toda su magnitud, deben medir entre diez y quince metros. Es impresionante ver como asoman su colosal cola o sus grandiosas aletas pectorales, o como expulsan vapor de agua a presión a través de los orificios situados sobre sus cabezas.




Pero lo más increíble, algo que pone la piel de gallina, es verlas brincar exhibiendo casi todo su cuerpo fuera del agua. Harían la embarcación añicos si cayeran encima.


Esto es suerte de verdad. Un momento inolvidable.
Debemos decir adiós a esta genial familia que ya es nuestra.
Ya ha llegado la hora de despedir Australia tras algo más de dos meses disfrutando de este país sensacional. Todo ha sido maravilloso, hemos gozado de sus preciosos animales, de sus densos bosques y montañas, sus playas solitarias, sus inmensas praderas, sus vertiginosos acantilados, de las hogueras bajo las estrellas, de las tranquilas y espectaculares carreteras, pero especialmente hemos disfrutado de la gente, de su bondad y de su generosidad. Pensábamos que la vuelta al primer mundo sería complicada, pero jamás imaginamos que todo fluiría de una forma tan especial y tan mágica. Nunca olvidaremos todo lo que estas personas hicieron por nosotros. Qué fácil es la vida cuando la gente se ayuda.